Ir al contenido
Youngerwithin

Notas

Notas

Acá publico textos que uso en las reuniones: cómo actualizar un precio cuando el costo se mueve, cómo mirar la caja a noventa días, qué cuentas hacer antes de contratar y cómo dejar seis números que se puedan completar cada mes. Los escribo en 2026, en primera persona, con ejemplos construidos. No son casos de clientes. Si un número aparece, es condicional.

Las notas no reemplazan una revisión. Sirven para llegar a esa reunión con la pregunta más afilada, o para aplicar algo el lunes si el escrito ya lo tenés. Si querés comentar una, escribime a hola@youngerwithin.com.

Cuando los costos se mueven, el precio no puede quedar quieto

En un comercio chico el precio se actualiza cuando duele. El proveedor mandó la lista nueva, el alquiler saltó o el dueño miró el homebanking un viernes y se asustó. Ese modo produce dos problemas al mismo tiempo. Algunos ítems quedan baratos de verdad y se venden “bien” mientras comen caja. Otros se aumentan de más, se paran, y el dueño lee esa caída como si el barrio hubiera cambiado de gusto.

La alternativa no es un software. Es una regla que se pueda aplicar un lunes a la mañana, con la lista abierta y un café. Yo pido tres columnas: precio actual, costo que realmente sale de caja —no el de la factura de hace tres meses— y el margen que queda después de merma, comisión y el tiempo que lleva venderlo. Si el local tiene cuarenta productos, no hace falta tocar los cuarenta el mismo día. Se tocan primero los que mueven más venta o los que, en un ejemplo frecuente, son seis y pagan el alquiler.

Un piso que se pueda decir en voz alta

Supongamos un taller de 4 personas que cotiza a pedido. El material subió un 12 por ciento en seis semanas y el precio de la cotización se mantuvo “para no perder al cliente”. Esa frase suena cuidadosa y es cara. Si el piso de margen que el taller necesita para cubrir sueldos y alquiler es, pongamos, 38 por ciento sobre costo, y la cotización nueva deja 22, el trabajo se acepta para perder. El cliente no pidió un favor: el taller se lo hizo solo.

El piso tiene que caber en una oración que el dueño pueda repetir cuando cotiza apurado. “Por debajo de tanto no salgo.” Esa oración se calcula una vez, se escribe, y se revisa cuando cambia el costo grande: material, hora de gente o alquiler. Revisar cada lunes el universo entero cansa y se abandona. Revisar el piso cuando se mueve un costo grande se puede sostener.

Cómo comunicar un aumento sin improvisar el texto en el mostrador

La parte que más se posterga no es la cuenta. Es la frase para el cliente habitual. Dejo tres piezas en el escrito: qué cambió en el costo, desde cuándo vale la lista nueva, y qué se mantiene igual —el plazo, el servicio, el trato. No hace falta un discurso. Hace falta que las dos personas que atienden digan lo mismo. Si el local tiene una lista impresa, la fecha al pie evita la discusión de “la semana pasada estaba otro número”.

Hay ítems que no se aumentan: los que ya están en el techo que el barrio paga, o los que se usan de anzuelo y se compensan con otros. Eso también se marca. Un aumento parejo sobre toda la lista es rápido y suele ser injusto. Un aumento sobre las líneas que realmente se movieron de costo es más trabajo de una tarde y más fácil de sostener los dos meses siguientes. Si querés hacer esa tarde conmigo, el formato es el taller de precios y márgenes.

Tres números para mirar la caja a noventa días

El mes en curso miente. Puede entrar una venta grande, cobrarse un trabajo atrasado o postergarse un pago a un proveedor, y la foto del viernes se ve holgada. A los treinta días aparece el alquiler, a los cuarenta y cinco el vencimiento que se había “charlado” y a los sesenta la compra de mercadería que parecía urgente. Por eso pido una previsión corta: noventa días, hecha a mano, con tres números.

El primero es lo que va a entrar de verdad. No lo facturado: lo cobrable en esa ventana, con el retraso de cada canal. Si la tarjeta deposita a los 10 días y un cliente institucional paga a los 45, esas dos líneas no se suman como si fueran efectivo de mañana. El segundo es lo que sí o sí sale: alquiler, sueldos, servicios, cuotas, el retiro que vos necesitás para vivir. El tercero es una holgura. Yo uso un porcentaje chico sobre los pagos —10 o 15— porque siempre aparece un arreglo, un flete o un impuesto que no estaba en la hoja.

Plaza del Congreso en Buenos Aires

Cómo se arma en una tarde

Abrís una hoja con tres columnas de meses. Abajo, las líneas de cobro que ya están prometidas y una línea de venta “habitual” si el negocio tiene un piso que se cumple casi siempre. Esa línea habitual se carga con conservadurismo. Si el mes récord fue $5.000.000 y el flojo $3.200.000, yo pondría cerca del flojo, no del promedio. El promedio es una costumbre que esconde el mes que duele.

Después cargás los pagos con fecha. Si un proveedor se paga “cuando se puede”, igual poné una fecha tentativa. Una fecha tentativa se puede mover. Una línea sin fecha desaparece de la vista y vuelve como sorpresa. Al final restás y mirás el saldo de cada mes. Si el segundo mes queda negativo, la decisión de comprar stock o de contratar no es una intuición: es un agujero con fecha.

Qué se decide con esa hoja

Se decide si una compra se parte en dos, si un aumento de precio tiene que entrar antes de un vencimiento, o si conviene postergar un gasto que se sentía urgente. También se decide cuánto te podés retirar. El retiro del dueño es el número que más se esconde y el que más desordena la cuenta. Si no está en la previsión, la caja “cierra” en el papel y no en la vida.

La hoja se actualiza cada quince días, no cada día. Actualizar cada día cansa y se abandona. Quince días alcanza para ver si un cobro se cayó o si un pago se adelantó. Si querés que esa hoja viva en un trimestre de trabajo, el formato es el acompañamiento trimestral. Si solo querés armarla una vez y dejarla andando, se puede hacer dentro de la revisión inicial.

Antes de contratar: tres cuentas que evitan un disgusto

El cansancio pide gente. Un turno que se estira, un dueño que atiende, administra y además cotiza, un sábado que se parece a un jueves. Esa fatiga es real y no se discute. Lo que se discute es si el sueldo nuevo cabe en el margen actual o si se está contratando para tapar un precio bajo o un mix que no cierra. En ejemplos construidos a partir de consultas frecuentes, no en clientes con nombre, un segundo empleado se toma “porque el local se llena” y a los cuatro meses el dueño retira menos que cuando estaba solo.

La primera cuenta es el costo completo de la persona, no el sueldo de oferta. Sueldo, cargas, ropa, un celular, el tiempo de entrenamiento, las vacaciones. En un ejemplo frecuente, un sueldo que se dice de $650.000 termina cerca de $900.000 cuando se suma todo. Si esa diferencia no está en la hoja, la contratación se aprueba con un número mentiroso. La segunda cuenta es cuánta venta extra o cuánto tiempo del dueño se libera de verdad. “Me va a liberar la cabeza” no se puede depositar. “Atiende el mostrador de martes a sábado y yo cotizo dos tardes” sí se puede mirar a los 60 días.

El punto de equilibrio se mueve

Cuando entra un sueldo, el punto de equilibrio sube. El local tiene que vender más, o vender lo mismo con mejor margen, o recortar otro gasto. Las tres son válidas. Lo que no es válido es esperar que “se acomode”. Si el local, en un mes flojo, vende $3.400.000 y el nuevo equilibrio queda en $3.900.000, estás contratando para un mes que todavía no existe. Se puede hacer igual, a sabiendas, con un colchón de caja para tres o cuatro meses. Hacerlo sin colchón es firmar un problema con fecha.

La tercera cuenta es el tiempo de la curva. Una persona nueva no rinde la primera semana. En un mostrador puede ser un mes. En un taller, dos o tres. Ese tramo se financia con la caja de hoy. Si hoy la caja es justa, la contratación se posterga o se busca una forma más chica: un refuerzo de horas, un turno, un freelancer para una tarea puntual. No es una doctrina anti-gente. Es no pagar un sueldo mensual para tapar un pico de tres sábados.

Una fecha para revisar lo que se esperaba

Si se contrata, dejo en el escrito una fecha de revisión —60 o 90 días— y dos marcas: la venta o la liberación de horas que se esperaba, y el tope de gasto extra. Si a esa fecha las marcas no se cumplieron, se habla. A veces se ajusta el rol. A veces se reconoce que el problema era el precio y no las manos. Contratar para no mirar el margen es caro. Contratar después de mirarlo, con fecha y con colchón, es una decisión de dueño.

Si estás en ese borde, la revisión inicial sirve para hacer las tres cuentas con tus números. Llevá el sueldo pensado, las horas que hoy cubrís vos y la caja de los últimos dos meses. Con eso se puede decir que sí, que todavía no, o que sí pero en octubre.

Puerto Madero y el Puente de la Mujer

Un tablero mensual con seis números y nada más

Un tablero se abandona cuando pide veinte cargas semanales y un programa nuevo. El que sobrevive cabe en una hoja y se completa el mismo día de cada mes, con café, en veinte minutos. Yo uso seis números. Si el séptimo no cambia una decisión, no entra.

Los seis son: venta del mes, cobro del mes, costo variable, costos fijos, caja neta y retiro del dueño. Venta y cobro se separan porque un negocio puede facturar y no cobrar, o cobrar algo de un mes anterior. El costo variable es lo que se mueve con la venta: mercadería, comisiones, flete, packaging. Los fijos son alquiler, sueldos, servicios, software y el mínimo que el local necesita para abrir. La caja neta es cobro menos esos dos bloques. El retiro es lo que te llevaste, formal o no.

Por qué seis y no doce

Porque el dueño de una pyme no es un área de control de gestión. Es alguien que también atiende, cotiza o produce. Doce números piden una religión. Seis números piden un rito corto. Con esos seis se puede contestar: ¿este mes sobró? ¿el retiro fue razonable? ¿el costo variable se fue de madre? ¿los fijos comieron más que la venta? Si la respuesta a alguna es incómoda, recién ahí se abre el detalle: qué producto, qué canal, qué semana.

El error habitual es mezclar stock con caja. El stock es importante y se mira en otra línea, o en otra hoja, cuando el rubro lo pide. Meter las unidades en el tablero mensual de un almacén de cuarenta productos lo vuelve una tesis. Preferí un recuento quincenal de los seis ítems que más venden, y dejá el tablero para plata que entra y plata que sale.

Quién lo completa si vos no estás

Si hay una persona de administración, el instructivo tiene que caber en una página: de dónde sale cada número, cada cuánto se carga y qué se hace si un dato falta. “Preguntame” no es un procedimiento. “Si falta el cobro de la tarjeta, usá el extracto del día 1 y marcá ‘estimado’” sí lo es. Yo dejo esa página en el formato de orden administrativo. El tablero es tuyo. Si en tres meses yo no estoy, la hoja se tiene que poder abrir igual.

El día de carga se elige y no se negocia cada mes. El día 3, o el primer lunes, da igual. Lo que importa es que sea el mismo. Ese día mirás los seis, comparás con el mes anterior y anotás una sola frase: qué se va a tocar. Si no hay frase, el tablero fue un adorno. Si hay frase y a los treinta días se revisa, el tablero hizo su trabajo. Eso es todo lo que le pido a una hoja.

Si una nota te dejó una pregunta sobre tu negocio, mandala

Contame el rubro y el número que no te cierra. Te respondo si conviene una revisión de 90 minutos o si con el escrito de la nota te alcanza para el lunes.

Este sitio usa cookies técnicas para funcionar y, si aceptás, un recordatorio local de tu preferencia. Detalle en Cookies.

Ver política